El pasado domingo cumplí 53 años corriendo la maratón de Barcelona. Un día redondo ya que, además, alcancé mi mejor tiempo en los 42,195 kilómetros: 2:57:09.

Esto, claro, me hizo muy feliz. Es muy importante para mí. Quienes me conocen, lo saben bien. Pero, según va pasando el tiempo, no es lo que más reflexiones me está suscitando.

 

Viajamos Alazne, Eguzkiñe, Eva, Fidel, Pedro, Mario, Rubén y yo, además de Maite Arraiza, integrante del Rentista Team, nuestro grupo de entrenamientos habitual.

Es esta esfera humana lo que más me llena. Y no solo en este magnífico fin de semana, sino siempre. Correr es fundamental para mí, no tengo dudas, pero más lo es el grupo de personas que he tenido la oportunidad de conocer gracias a esta actividad. No las nombro, no quiero dejar a nadie fuera; ellas saben quiénes son. Confío en que sientan mi agradecimiento aunque no siempre lo explicite.

En este fin de semana concreto en Barcelona, convivir un día, unas horas, con Alazne, Eguzkiñe, Rubén, Maite, Eva, Fidel, Pedro y Mario (Maite, Rubén, Eguzkiñe y yo viajamos juntos en el tren, y dormimos en el mismo apartamento) me dio la oportunidad de conocerles mejor, y eso que ya nos conocíamos por tantos y tantos kilómetros digeridos en compañía durante tanto tiempo.

Intercambiar bromas, opiniones, inquietudes, tomar un café, ir a la feria del corredor a por el dorsal, lanzarnospreguntas filosóficas, hacer la compra, preparar la cena, ver la tele un rato, charlar, preguntarnos qué tal hemos dormido, desayunar horas antes de la salida…

Pequeñas pero grandes experiencias.

Esperar a Alazne, Fidel y Eva, que llegaban más tarde en coche, y dormían en el apartamento de al lado. Juntarnostodos para la última reunión/concentración, la víspera, antes de dormir. Compartir los últimos planes, también miedos, manías, rutinas, deseos y ambiciones. Quedar al día siguiente con Pedro y Mario, cerca de la salida.Esperarnos después de la carrera. Preguntarnos qué tal nos ha ido. Alegrarnos por los demás, al menos tanto como por lo conseguido por cada cual.

Pequeñas pero grandes experiencias. También.

Y hablar, pensar, mostrarnos vulnerables… Por qué nos metemos en estos líos… Quien sí y quien no lo rumiábamos, el sábado a la tarde. Con lo bien que estaríamos tranquilamente en casa, descansando…

¿Lo creíamos en ese momento? Seguramente, sí. Nadie dijo lo contrario, desde luego.

¿Y si hubiera un botón que ahorrara el sufrimiento? Que evitara los entrenos especialmente duros, otorgando los beneficios de haberlos completado. Y, ya puestos, que esquivara la propia maratón, llevándonos a meta sin esfuerzo.

O, al menos, que nos lo pusieran a mano en el kilómetro 32 ó 34…

¿Lo pulsaríamos? ¿Tendría sentido…? ¿Son preguntas que tienen respuesta? De eso, y otras cosas, hablábamos.

Para algunos, correr es uno de los ejes de nuestra vida. Junto a trabajo y familia, y alguna cosa más. Sin duda. Porque ordena y condiciona, para bien, muchas de las acciones de nuestra cotidianeidad. Y, sí, nos gusta este eje, constituye uno de los andamiajes de nuestra existencia.

Qué suerte tenemos de poder disfrutar de esta manera.

 

Horas después, carrera completada, algunos mejor de lo esperado, otros un poco peor, pero habiendo ganado un sentimiento muy profundo de felicidad.

Que no es simple disfrute evanescente, sino algo más íntimo, más preciado, más conectado con el propósito de cada cual en este mundo tan convulso. En el que cada vez caben menos certezas y por eso mismo, las pocas que tenemos, valen doble. Y estas experiencias, todavía más.

Y, sí, es un sentimiento compartido. Sabe mucho mejor. En familia. En la segunda familia.

Objetivo cumplido, pues. Y no me refiero al atlético. Que satisface, pero pasa a segundo plano.

 

Se acabaron las dudas.

Ya pensamos en la siguiente carrera.

No queda nada.