¡No digas y haz!

Me salió del alma, en el calor del momento.

Era un partido muy duro, muy competido, donde nos estábamos jugando mucho. El rival apretaba de lo lindo, teníamos una ventaja mínima y nos defendíamos como podíamos. En uno de sus ataques, que salvamos por lo pelos, no sé ni cómo, uno de los compañeros de equipo (el que había dejado libre a su par, y que casi nos la había liado…), se justificó como acostumbraba.

«Es que creía que le cubrías tú, porque yo estaba con otro, y cuando creía que tú ibas a venir, yo hice otra cosa, y además los planetas se alinearon de una forma diferente, el Ibex 35 se comportó raro, mi abuela fuma, y un gato tiene cuatro patas…».

¡NO DIGAS Y HAZ!

Tengo que decir que, en aquel entonces, con unos 20 años, era mucho más vehemente que ahora, y mis formas de comunicación eran menos cuidadas. Soy consciente de que molesté, más de una vez, a amigos y compañeros de equipo, y hoy recuerdo situaciones que lamento. Esto se acentuaba cuando competía, ya que era extremadamente competitivo y me tomaba muy en serio cualquier partido que disputara. Y también tengo que añadir, antes lo he adelantado, que este compañero solía excusarse con bastante frecuencia (y notable elocuencia, admitámoslo), lo que no evitaba los perjuicios que, en ocasiones, producía esa inactividad.

Pero, formas aparte, 31 años después sigo estando completamente de acuerdo con el fondo de la idea. ¡Cuánta fuerza se nos va por la boca, en muchísimas oportunidades! ¡Qué bien definimos, qué bien explicamos todo, qué estupendamente contamos cómo haríamos tal o cual cosa! ¡Demóstenes, Cicerón, Churchill, Kennedy, Martin Luther King…, a nuestro lado, son unos principiantes en materia de oratoria! Si aplicásemos esa pericia, ese rigor, esa fluidez, ese foco, a la ejecución de lo que contamos, cuánto conseguiríamos. Aunque sólo fuera a parte de lo que contamos…

¡No digas y haz!

«Mejor hecho que perfecto», cuentan que decía Leonardo Da Vinci, que tonto precisamente no era. O Steve Jobs (aunque, en su caso, dado el grado casi enfermizo de perfeccionismo que tenía, la frase tiene su miga…). Parálisis por el análisis, es lo que muchas veces nos atenaza.

Creo que estaremos de acuerdo: acción sin reflexión es ir como pollo sin cabeza. Pero reflexión sin acción es humo. Sólo humo. Papel mojado. Como en todo, y esto es un lugar común, la virtud está en el término medio: desde una mínima reflexión inicial, hay que empezar a andar el camino. Tal vez sin tener del todo definidos los planos de la casa, ya iremos gestionando el rumbo. Esto, además, nos permitirá ganar moral y confianza una vez vayamos completando pasos y alcanzando éxitos parciales. Pero si no arrancamos, si no empezamos la preparación de la maratón porque no estamos seguros de disponer del plan de entrenamiento perfecto… Pues eso, no es que no correremos la maratón, no es que no llegaremos a ningún sitio. No. Simplemente, es que no daremos el primer paso. Y me parece que es a esto a lo que se referían Leonardo Da Vinci y, siglos después, Steve Jobs.

De modo que, menos hablar y más hacer. Menos miedo al error y algo más de audacia. Porque equivocarse es posible, no hay vida sin errores, pero no hacer nada también es equivocarse. La mejor decisión es la decisión tomada, por otra parte. Porque después de visto, todo el mundo es listo (hay que ver la carga de sabiduría que encierran algunos dichos, por cierto).

O más en breve…

¡NO DIGAS Y HAZ!